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miércoles, 9 de agosto de 2017

La libertad no se exporta

La libertad no se exporta

Durante todo el siglo XVIII muchos pensadores y filósofos se dedicaron a reflexionar sobre el poder al margen de la religión, o más bien deberíamos decir en contra de la Iglesia Católica, ya que afectó bastante poco a la estructura de poder de los países protestantes, donde ya se había producido una fractura total de la unidad política religiosa y la estructura organizativa había pasado a depender del príncipe de turno. Para muchos es el comienzo de la libertad, para otros el llamado siglo de la ilustración por dicha reflexión sobre la libertad.
Es cierto que también se avanzaron en otros campos de las ciencias, o al menos dichos avances fueron por primera vez públicos y bien considerados. Me viene a la mente el caso de Jerónimo de Beaumont; militar, inventor y noble del siglo XVI y XVII que diseñó maquinas a vapor, tornillos sin fin, potabilizadores de agua y otros muchos ingenios pero que nadie siguió su obra por considerarse una actividad poco adecuada para los nobles en su tiempo.
Sea como fuere la ilustración, en lo político, del siglo XVIII acabó en dos baños de sangre: uno corto y exitoso y otro largo y que acabó en un estrepitoso fracaso.
El primero empezó 16 de diciembre de 1773 con el denominado Motín del té. Culminó en el Tratado de París se firmó el 3 de septiembre de 1783. Pasando por la declaración de independencia de las trece colonias el  4 de julio de 1776. Aunque en realidad su culminación exitosa fue con la creación de la primera (por ahora única, pese a las varias enmiendas) Constitución de los Estados Unidos de América ratificada el 21 de junio de 1788. Una constitución y un nombre pensado para extenderse de Alaska a tierra de Fuego. Un sistema que puede no ser perfecto y que pasando de la teoría de Montesquieu de la separación de poderes se basa más bien en la compensación de poderes, haciendo que unos poderes se interrelacionen con otros y se contrapesen de forma que ninguno de ellos pueda tomar el poder absoluto.
Siguiendo con las prácticas consuetudinarias anglosajonas, en Estado Unidos, no podemos hablar de una separación real de poderes. No solo porque el tribunal supremo lo nombre el Presidente aunque sea sometido a la aceptación del Congreso. También porque los jueces, cualquier juez, con sus sentencias crean precedentes con valor de ley. El juego de vetos y contra vetos entre el legislativo y el ejecutivo, la posibilidad de legislar del ejecutivo mediante orden presidenciales, la de cualquier juez de paralizar una ley, sea del congreso o una orden presidencial, planteándole s constitucionalidad al supremo… todo ello hace que no podamos hablar de separación sino de interrelación de poderes, buscando el que ninguno sea lo bastante poderoso como para imponerse a los demás.

El segundo caso empezó 17 de junio de 1789 cuando parte de los estados franceses, la parte de la burguesía representada en el tercer estado, se constituyó en Asamblea Nacional y tras su disolución por orden del rey se reunió en un recinto dedicado a una variante del tenis o del frontón (según fuentes) para constituirse en Asamblea Nacional. Su revolución fue bastante más idealista y como tal condenada al fracaso. La supuesta libertad y democracia que iba a traer a la nación acabo en la dictadura del Terror de Robespierre y su Comité de salud Pública, del que él mismo fue víctima. Para acabar pasando de un absolutismo blando a la dura tiranía el primer imperio napoleónico o el absolutismo duro de la posterior restauración. Pese a la fama y los muchos fallos el absolutismo borbónico estaba moderado por los condicionantes históricos. Derechos (sobre todo fiscales) de muchos territorios, leyes particulares y privilegios históricos hacían que el poder de los reyes no fuera tan absoluto como mantienen los historiadores. La revolución Francesa, en una primera fase, eliminó todas esas antiguas leyes en Francia. Las guerras napoleónicas extendieron la eliminación de las mismas a toda Europa, fueran países conquistados, invadidos desde la alianza o asociados tras una derrota, mantuvieran o no a sus anteriores dirigentes. Así pues en España fue el rey José I el que derogó todos los antiguos fueros que permanecían, eliminó los impuestos nobiliarios e igualó a todos los españoles residieran dónde residiesen. Y eso se aplicó tanto a la España Europea como a la Americana o Asiática. Fue sobre esa base (y no sobre la constitución de 1812) sobre la que Fernando VII estableció su poder absoluto en 1823 con el apoyo de tropas venidas de Francia. Pero también fueron las derogaciones de leyes impuestas por Napoleón a la Confederación del Rin tras la disolución del Sacro Imperio Romano Germánico, o a Austria, y la mediatización de la nobleza de dichos territorios (dejándoles algunos privilegios pero eliminándoles el poder efectivo) las que permitieron que los reyes de Prusia o el emperador de Austria se constituyesen en poderes casi absolutos hasta su caída en la primera guerra mundial.

Este segundo caso no solo fue un fracaso total, sino que no extendió, en la práctica, la libertad por Europa, por mucho que algunos lo indiquen, como mucho favoreció la extensión de unas ideas, que tomaron vigor al ser reprimidas.
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