Analitics

miércoles, 27 de enero de 2010

¿Amanecera en el futuro?

Ya la aurora dirigía sus pasos a la región de levante, dejando en el cielo impresas sus sonrosadas huellas, y sembrando la Tierra de orientales perlas cuando, como lo tenía de costumbre, despertó Adán, cuyo sueño, ligero como el aire […] fácilmente despertaba al menor ruido de las hojas, de los brumosos arroyuelos, a que da movimiento el alba, y de las aves vocingleras que revoloteaban entre los árboles
.J. Milton
(El paraíso perdido. 1667)[1]

Amanecer
Diluidos en el anonimato, cual gota de agua en el mar. Escondiéndose entre la masa, cual vulgar grano de harina. Ocultos entre las cifras y porcentajes, costes y bajas, muertos y supervivientes, desertores y héroes… aparecen… cual fugaces destellos.
Pero… ¿son números? ¿o quizás seres con sentimientos y familia, pasado y presente, y quizás, solo quizás, futuro? ¿Como podemos, con la fría mirada de los números, reducir a meras cifras dolor y gozo, pasión y sufrimiento, amor y odio…?
No, no podemos, sin perder algo de humanidad. Pero lo hacemos. Lo hacemos, porque es la única forma, porque solo así podemos gobernar, sin tener cada noche el sueño inquieto y movido de los remordimientos. Pues no es lo mismo enviar a la muerte a cien, o a cien mil, mero guarismo sobre el papel, que matar a uno solo, siquiera de los semejantes que tenemos delante. ¿O quizás si?.
Cuando una vida no es más que un número, todas las vidas son fríos números. Reducir un vida a números significa reducir la vida a las leyes de la Física, la Matemática y la Estadística. Probabilidades y vida son incompatibles, pues no debemos olvidar que, desde el punto de vista de las leyes de la termodinámica, la vida es una improbabilidad matemática. Luego si trabajamos con probabilidades, la vida ira contra la vida, y por ello será NO VIDA.
(Comentarios sobre el arte de gobernar: “EL GOBIERNO DE LOS HUMANOS, POR O CONTRA EL MUNDO” )

Comienza el día 6 de octubre del 2325. Es el día del comienzo de las clases. Linge esta nervioso por que va a ser su primer día de universidad. Según todos los pronósticos, ha sido aceptado en la Gran Universidad Central. Es la mejor de las universi­dades de ciencias, y por ello sus requerimientos son muy altos. Sin embargo no es por eso por lo que esta nervioso, pues sabía que iba a ser admitido. Tampoco esta nervioso por el traslado. Los grandes tubos de comunicación, a larga distancia, le permitieron llegar en un viaje, de apenas dos horas, al recinto en el que se encuentra. Ha recorrido unos 5000 kilómetros desde su casa. Si todo va bien, antes de seis años será uno de los más eminentes doctores en física biomolecu­lar de proteínas, y si no… pues la verdad, no se lo ha planteado. Como dice su padre: “Eso, hijo mío, ni se piensa. A no ser que quieras que suceda.”
Se levanta y se viste. Sale a un pasillo, por el que circula solo. Es raro, a esta hora la gente ya debería estar yendo al trabajo, y en el sector anexo a la universidad no hay nadie. Llega al final del pasillo, a una puerta, con un letrero, indicando que es la entrada a la universidad. La abre, esta todo oscuro, no hay luces, ni pasillos, ni… solo una enormidad negra en todo los que sus ojos pueden abarcar. Se va adentrando en dicha enormidad. ¿Será que la universidad esta fuera del mundo y por ello esta tan oscura?, pero… ¿Como van a poder dar clases si no tienen luz? ¿o quizás solo es un fallo en la línea de suministros? Recuerda como, cuando era pequeño, un día fallaron en su sector y todo el mundo se levanto asustado, porque estaban a oscuras y los transportes públicos (eléctricos) tampoco circulaban. Cuatro horas después, cuando volvieron a tener corriente, todo se fue normalizando, pero durante los siguientes días nadie se atrevió a dormir, por si se repetía la catástrofe.
Amanecer con nubesDe repente el techo desapareció, bueno no exactamente pero casi. El techo se hallaba a una altura increíble, cientos, quizás miles, pensó Linge, de metros por encima de su cabeza. Entonces recordó… recordó que la Universidad Central era un edificio, un edificio y no un habitáculo. O mejor dicho EL EDIFICIO, puesto que ningún otro se mantuvo en el Encierro. Miro al techo, y no lo vio. Solo vio una serie de pequeños puntos, vacilantes, de luz. Recordó lo que su abuelo le contaba de las estrellas que su abuelo (el abuelo de su abuelo) había visto antes del Encierro. Linge pensó que si se subía a la parte más alta las vería mejor. Y entro en el edificio y comenzó a subir. No se atrevió a usar el ascensor por si era detectado. Y mientras subía trato de recordar las clases de historia, a las que nunca presto demasiada atención, y las historias que le contaba su abuelo, de como el hombre vivía a la luz de una gran estrella, que se llamaba SOL. Y como hombre y animales corrían libres sobre la Tierra. Hasta que el continuo crecimiento de la población, la búsqueda de más espacio vital y, sobre todo, las desigualdades y guerras y la explotación indiscriminada y el derroche agotaron el planeta. Recordó como, según decían las clases de historia, en los inicios del siglo XXI cuatro héroes visionarios preguntaron a los ordenadores, creando modelos matemáticos del hombre y de su entorno, que se podía hacer para salvar al mundo y a la humanidad de si misma. Y la brutal y desesperanzadora respuesta de las maquinas: La estadística había hablado, los ordenadores habían traducido a resultados el uso de métodos, que un humano tardaría siglos en reproducir por si (pues las maquinas no piensan, solo hacen las tareas mecánicas, que podría hacer un humano, pero mucho más rápido) en un frío resultado: El mundo estaba muerto, y tardaría entre diez y veinticinco años en enterarse. Y la humanidad moriría con él. A menos que… siempre hay un “A menos que…” pensó Linge con un amargo tono de ironía. A menos que renunciara a vivir en la superficie del planeta, antiguamente Azul, ahora muerto y gris, y a ser bañado por un Sol, que incluso se hacia peligroso al degenerar el planeta. Y la humanidad, guiada por esos cuatro héroes, se enterró en las entrañas del planeta. Cerro sus ciudades y pueblos, convirtiendo los edificios en habitáculos, donde se podía, o abandonándolos, donde no. Una décima parte de la humanidad sobrevivió. Mejor una décima que nada, al menos esa es la versión actual (¿será porque todos descendemos de esa décima? se pregunto sarcásticamente Linge). No lo fue de aquellos que tuvieron que renunciar a su planeta y su Sol, por muy negativo que fuese. Los cuatro héroes murieron, juzgados por traición en un comité revolucionario, tras culminar su obra. Cuando se intento salir el resultado fue desolación y un planeta inhabitable. Solo la Universidad, protegida por una cúpula transparente para el estudio de las estrellas, permanecía como edificio. Fue, como dijo un pensador, el Ocaso de la Humanidad.
Linge llego a la parte superior del edificio, mientras recordaba la seguridad con la que los cuatro héroes, al menos así se les reconoció generaciones después, guiaron a la Humanidad en su Ocaso, con la seguridad que le daban las pruebas estadísticas con los ordenadores. Las mismas que él tenía al manipular el ADN, con decenas de pruebas escogidas de entre las miles que había simulado, a fin de obtener mejores animales y vegetales para alimentar a la humanidad. Y Linge miro las estrellas, y recordó como se intento salir del planeta rumbo a ellas, y como los ordenadores dijeron que seria imposible. Con estos pensamien­tos, Linge, se quedo extasiado mirando al cielo hasta que poco a poco fue apareciendo una luz difusa. Al principio pensó que se iba a adaptando a la oscuridad (pues las estrellas realmente no alumbraban) pero luego descubrió que esa luz venia del este. Esa luz le permitió ver, por la parte baja de la cúpula un resplandor verdoso. Resplandor que Linge reconoció como las plantas que el usaba en el laboratorio. Hay plantas en la Universidad, pensó, y estas buscan la luz del Sol. Pero era raro. En estos tiempos de necesidad, aun con problemas en el abastecimiento de agua, que se permitieran plantas ornamentales. Eso seria todo un lujo, aun para la universidad. Paso el tiempo, y detrás de esa luz vino ÉL. Le daño los ojos. Y recordó como ÉL durante generacio­nes vio como la vida se desarro­llaba y como el hombre nacía y crecía hasta… hasta que el hombre tuvo que enterrarse, para evitar que ÉL, fuente de vida, se convir­tiera en fuente de muerte. Entre otras cosas, Linge, recordó como parte de esa degeneración era la perdida de una capa atmosférica que impedía que sus radiaciones peligro­sas entrasen y acabasen con la vida. Luego toda la cúpula se oscureció rápidamente, haciéndose opaca, como método para protegerse de Él. Y Linge bajo a toda prisa, para ver las plantas ornamentales, mientras se iban encendiendo las luces.Llego bajo. Miro al borde de la cúpula. No había nada. Ni plantas ni el menor liquen. ¿Qué he visto? se pregunto. ¿Dónde están esas plantas si no están en el interior? “Cuando todas las respuestas las has eliminado y solo queda una, por improbable que sea, esa es la correcta” le había dicho una vez su profesor de lógica. Luego si no estaban dentro, es que estaban fuera. Y si había vida fuera…Sabía que durante muchos días se podrían ver a diario, (aunque no lo hiciesen) pues gracias a que él aún conservaba la hora de su sector (tres por delante del actual) y había acudido demasiado pronto a su cita se había encontrado con ÉL. Todos sus compañeros, y él mismo los demás días, llegarían cuando ÉL estuviese arriba, y por tanto oculto, pero él sabía que desde ahora sería alguien especial, aunque los demás no lo supiesen, porque solo él, desde hace cientos de años, LO había visto, había visto el AMANECER.
Conclusión: Los ordenadores, aunque no tengan la verdad absoluta, (sino solo modelos matemáticos, las más veces aproximados) nos pueden ayudar a salvar el medioambiente, que es, a fin de cuentas, salvarnos a nosotros mismos. Pero sólo si nosotros queremos. Y quizás cuando queramos sea demasiado tarde. Únicamente con un respeto total de la vida, y no solo la humana (lo que significa no dañar animales ni plantas sin necesidad), podemos garantizar un futuro para la humanidad en este planeta, que esta dejando de ser AZUL. Los métodos de simulación (aunque aún imprecisos) nos pueden permitir la realización de estudios de impacto ambiental objetivos y realistas, para obtener un desarrollo sostenido sin dañar el medio ambiente. De nosotros depende que el futuro sea igual, mejor o peor que él presentado aquí.

[1] Esta cita corresponde al inicio de la quinta parte de la obra, según la traducción de J. Ribera publicada en 1971 por la editorial Petronio.
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